Barcelona,
julio 2000
Claus
Peter Ortlieb
Difícilmente
se hallará otro subsistema de la sociedad moderna que, tanto en el concepto que
tiene de sí mismo como en la percepción pública, se muestre tan resistente a la
crítica como las "hard sciences", la "ciencia auténtica" en
el sentido de aquella frase de Kant según la cual "en cada teoría particular
de la naturaleza se encuentra tanta ciencia auténtica como matemáticas se encuentren
en ella"1 . No es que falten críticas de las ciencias naturales, como las
que han venido proponiendo sobre todo, desde los años setenta en adelante, el
feminismo y los movimientos alternativos. El que la utilización social de los
descubrimientos científicos es asunto más que delicado, es para muchos científicos
poco menos que un lugar común; y de sus filas provienen las críticas más rigurosas
y más competentes de tales desarrollos. Pero ¿qué puede haber de criticable en
el conocimiento científico mismo, en el descubrimiento de leyes naturales y hechos
irrebatibles? Así la pregunta por una ciencia distinta, que plantea la crítica
feminista, de antemano ni siquiera se toma en serio como pregunta ni se la percibe
como problema: más bien se la rebate con la repregunta burlona de si acaso a partir
de ahora no será válida ya la ley de la caída o si dos y dos dejarán de ser cuatro;
con lo cual toda discusión ulterior resulta superflua.
La
imagen empirista de la ciencia no valorativa
Tal
actitud defensiva, inmunizadora a toda crítica, se alimenta de la idea de las
ciencias naturales como una herramienta neutra, la "ciencia no valorativa".
Hay que observar, de entrada, que ese ideal constituye históricamente una posición
de repliegue. Los contemporáneos de Galileo, como Francis Bacon, Thomas Hobbes
o René Descartes, tenían un concepto mucho más ambicioso del pensamiento científico,
entendido como camino a la buena vida, a la paz perpetua y, en suma, a la solución
de todos los problemas asequibles al conocimiento humano. No voy a ocuparme aquí
de esas concepciones, ya que en la era de la tecnología nuclear y de los riesgos
ecológicos globales provocados por la aplicación de los descubrimientos científicos,
de todas maneras no queda ya quien las defienda.
La
concepción moderna de la ciencia no valorativa resulta, en cambio, más dura de
pelar. En su variante más bien ingenua, que podemos suponer predominante entre
el público no especializado, el conocimiento científico se presenta sencillamente
como un conjunto de proposiciones verdaderas acerca de la naturaleza, obtenidas
mediante observaciones exactas y la descripción matemática precisa de éstas. Esta
imagen ha sido fomentada sobre todo por el positivismo.
En
vista de las innegables rupturas que jalonan la historia de las ciencias naturales,
y que serían a todas luces imposibles si se tratara de un método que se limita
a constatar hechos, los científicos mismos, en cuanto reflexionan sobre ello,
ven la cuestión de modo más diferenciado, suponiendo que el pensamiento humano
en su imperfección acaso no llegue nunca a descubrir la plena verdad. Lo que la
mayoría de ellos comparten, sin embargo, con el público informado es la idea de
que hay una visión de la naturaleza que es válida universalmente, para todos los
seres humanos por igual e independientemente de las formas de sociedad, y que
el progreso científico consiste en aproximar el estado del conocimiento cada vez
más a dicha visión. Esa concepción es indisociable de la idea de un desarrollo
lineal, el progreso científico, cuyos orígenes se proyectan a la prehistoria humana
o aún más lejos, como hace, por ejemplo, Popper 2 .
Uno
de los rasgos característicos de las ciencias de la naturaleza es que históricamente
no han surgido más que en una sola cultura, la sociedad burguesa. Aun así, la
Ilustración ha logrado proclamar la universalidad de esa forma de conocimiento
que le es propia, como corresponde a la concepción que ella tiene de sí misma
como estadio último y más elevado de la historia humana. Esa concepción objetivista
del conocimiento científico no se puede refutar desde fuera, con la mera indicación
de su contexto cultural y social. Por consiguiente, analizaré la actividad científico-matemática,
en primer lugar, de modo inmanente, partiendo de Immanuel Kant. Siguiendo en este
punto a Sohn-Rethel 3 , Greiff 4 y Müller 5 , creo que el gran filósofo de la
Ilustración ha desarrollado ya los instrumentos que permiten disolver el pensamiento
ilustrado desde dentro, aunque él mismo no haya dado ese segundo paso.
El
empirista David Hume (de quien Kant decía que lo había despertado del "sueño
dogmático") había demostrado ya que una fundamentación empirista del conocimiento
objetivo es imposible, dado que ninguna ley de la naturaleza puede deducirse de
modo concluyente de la experiencia:"Pues toda inferencia a partir de la experiencia
presupone que el futuro se parecerá al pasado y que unas fuerzas iguales se asociarán
a unas propiedades sensibles iguales. Si se concibiera la sospecha de que el curso
de la naturaleza pudiera cambiar y que la regla para el futuro no estuviera contenida
en el pasado, entonces toda experiencia sería inútil y no podría dar pie a inferencia
ni conclusión alguna. Por consiguiente, es imposible que fundamento alguno de
experiencia pueda avalar tal parecido entre el pasado y el futuro, ya que esas
fundamentaciones se apoyan en el presupuesto de ese parecido"6 . El empirista
honrado debe hacerse escéptico si no quiere engañarse:"Paréceme que los solos
objetos de las ciencias abstractas o demostrativas son la magnitud y el número,
y que todo intento de ensanchar esas formas de conocimiento más perfectas más
allá de esos límites sólo conducen a ilusión y engaño"7 . Lo cual no impide,
sin embargo, que el empirismo moderno lo intente una y otra vez, insistiendo en
una fundamentación empirista de todo conocimiento científico de la naturaleza.
Con todo, la forma de conocimiento históricamente más reciente que se refería
exclusivamente a la experiencia inmediata (si es que alguna vez hubo tal cosa)
parece haber sido la teoría aristotélica de la naturaleza con sus adaptaciones
medievales. Frente a éstas, la ciencia moderna de la naturaleza se constituye
precisamente mediante la disociación del conocimiento empírico inmediato, y en
esta "revolución del modo de pensar" (Kant) consiste su éxito peculiar
8 . Trataré en lo siguiente de ilustrar o llamar a recuerdo ese hecho mediante
algunos ejemplos de los inicios de la ciencia moderna.
Geocentrismo
y heliocentrismo
El
ascenso de la época burguesa comienza con un modelo matemático. Nicolás Copérnico
(1473-1543), en el libro De revolutionibus orbium coelestium, impreso poco
antes de su muerte, rompe con la concepción tolomaica o geocéntrica del mundo
que dominaba durante la Edad Media. En forma modificada, la concepción copernicana
del mundo pertenece al acervo seguro de nuestro saber. Ninguna persona ilustrada
quisiera rechazarla a favor del sistema tolomaico. Pero ¿cómo lo sabemos? Los
hombres de la Edad Media, en fin de cuentas, sabían otra cosa, y cuanto se puede
observar a simple vista habla a su favor. Una respuesta tan banal como cierta
es que tal saber nos fue comunicado en edad temprana por la escuela y los libros.
Es
evidente que no puede haber ninguna observación astronómica que coincida con una
de las dos concepciones del mundo y no con la otra, ya que en cuanto a la observación
se refiere, las dos son del todo idénticas. Desde el punto de vista de la física
moderna, se trata sencillamente de un cambio del sistema de referencia.
Tampoco
el telescopio, que Galileo empleó por primera vez en la observación de los movimientos
celestes, puede aportar aquí decisión alguna. Lo que observó Galileo fue el movimiento
de las lunas de Júpiter alrededor del planeta, pero eso no demuestra la verdad
del sistema copernicano, o por lo menos no la demuestra mediante la observación
sino, en todo caso, sobre la base de un principio universal según el cual los
cuerpos celestes más pequeños giran en torno a los más grandes.
Ese
concepto de principio universal, de las "leyes de la naturaleza", y
el concepto concomitante de sencillez se impusieron durante el siglo y medio que
separan a Copérnico de Newton. Así es que ya Copérnico mismo, en el prólogo de
su obra de 1543, redactado como carta al papa Pablo III, no insiste tanto en el
mejor ajuste a los datos de observación como, por el contrario, en las categorías
de orden y uniformidad.
El
ajuste a los datos de observación no podía ser relevante para la decisión entre
el sistema copernicano y el tolomaico, entre otras cosas porque tal ajuste, como
es sabido, era imposible de lograr sobre la base de los movimientos circulares
postulados por ambos sistemas. Sólo con Juan Kepler (1571-1630) las órbitas circulares
se sustituyen por elipses, y por primera vez un principio unitario consigue explicar
una gran variedad de observaciones astronómicas. Kepler se toma muy en serio el
ajuste entre la predicción y la observación: según su propio testimonio, una discrepancia
de sólo ocho minutos lo impulsó a desechar una hipótesis anterior y a reformar
la entera astronomía.
Aun
así, el concepto central del sistema científico de Kepler es el de la armonía,
en el sentido de una "visión del mundo como cosmos ordenado y estructurado
conforme a leyes geométricas"9 . Ese modo de pensar puede ilustrarse con
el siguiente pasaje del Mysterium cosmographicum (1596), en el cual se
relacionan las órbitas planetarias con los cinco cuerpos platónicos: "La
Tierra es la medida de todas las demás órbitas. Circunscribe a la Tierra un dodecaedro;
la esfera que lo encierra es Marte. Circunscribe a la órbita de Marte un tetraedro;
la esfera que lo encierra es Júpiter. Circunscribe a la órbita de Júpiter un cubo;
la esfera que lo encierra es Saturno. Ahora inserta en la órbita de la Tierra
un icosaedro; la esfera inscrita a éste es Venus. En la órbita de Venus inserta
un octaedro; la esfera inscrita a éste es Mercurio. He aquí la causa del número
de los planetas". Desde el punto de vista actual, en vista de los planetas
que se han descubierto desde entonces, el argumento yerra; pero evidencia el peso
que tenía, en el sistema de Kepler, la especulación autónoma, orientada por ideas
puramente matemáticas, en comparación con los datos empíricos.
La
fundamentación del método experimental
Galileo
Galilei (1564-1642), contemporáneo de Kepler, pasa por ser hombre más sobrio que
éste y de métodos menos especulativos, aunque tampoco los suyos partían en modo
alguno de la experiencia inmediata. Mulser pone en solfa la concepción empirista,
para la cual la observación debe ser el punto de partida de toda ciencia natural,
parodiando como sigue la consabida leyenda acerca de Galileo y la torre inclinada:
"Un día el joven Galileo se subió a la torre inclinada de su Pisa natal,
llevando consigo diversos objetos que con visible placer dejó caer desde arriba,
uno tras otro: una bola de plomo, un telescopio viejo, sus gafas, un cucharón,
un farolillo de papel, unos plumones, algo de polen y un pájaro. Luego bajó corriendo
y constató que la bola, el cucharón, las gafas y el telescopio yacían sobre la
hierba, mientras el farolillo estaba bajando ante sus ojos; algunos plumones seguían
bailando en el aire, el polen había sido presa del viento y no se detectaba ya,
y el pájaro, deseoso de altura y lontananza, desapareció por los aires. Galileo
resumió los resultados del experimento proclamando: 'Todos los cuerpos caen a
la misma velocidad'"10 .
Hay
también, desde luego, una versión heroica de esta leyenda, especie de mito del
empirismo, según la cual Galileo desafió a la ciencia aristotélica demostrando
su falsedad, ante los profesores y estudiantes reunidos de la universidad de Pisa,
mediante unos experimentos llevados a cabo desde lo alto del campanario pisano.
Esa historia, escrita por primera vez unos sesenta años después del supuesto acontecimiento
y luego retomada una y otra vez por los historiadores de la ciencia, adornándola
con ulteriores detalles, contradice todas las usanzas universitarias de aquel
tiempo; Galileo mismo, que en tan alto grado dominaba el arte de exhibir sus propios
méritos, jamás la mencionó; y lo que es más, los experimentos, tal como se describen,
habrían fracasado 11 .
Ahora
bien, Galileo mismo ha descrito en su voluminosa obra con mucha exactitud los
métodos que empleaba y que él mismo había desarrollado; y no sorprende que sean
muy distintos de lo que refiere la leyenda. El procedimiento típico se ilustra,
en la tercera jornada de los Discorsi de 1638, mediante el ejemplo de la
caída libre. No empieza con una observación sino con una definición matemática:
"Llamamos movimiento igualmente, esto es, uniformemente acelerado, a aquel
que, partiendo del reposo, adquiere, en tiempos iguales, iguales incrementos de
rapidez"12 . Sigue una proposición matemática: "Si un móvil cae, partiendo
del reposo, con un movimiento uniformemente acelerado, los espacios por él recorridos
en cualquier tiempo que sea están entre sí... como los cuadrados de los tiempos"13
; proposición que primero se demuestra matemáticamente. Sólo después empieza la
demostración empírica, pero no en forma de observaciones que se puedan realizar
con los ojos desnudos, sino a modo de instrucciones para crear unas condiciones
experimentales que se acerquen lo más que puedan al ideal del movimiento uniformemente
acelerado 14 .
Se
trata, en suma, de crear deliberadamente una situación que se aproxime lo más
posible a las condiciones ideales que supone la construcción matemática. El experimento
obviamente no puede estar nunca en el origen de semejante investigación; sólo
puede ser su final, ya que las condiciones experimentales han de crearse en función
de una finalidad, y eso sólo puede hacerse conociendo el fin y, por tanto, bajo
la dirección de la teoría.
Nunca
se puede insistir lo bastante en la diferencia entre la observación y el experimento.
El pasar por alto esa diferencia ha inducido a error a muchos, como, por ejemplo,
a Emil Strauss, quien, en la introducción a su traducción alemana del Diálogo
de Galileo, de 1890, aduce como prueba de la superioridad de la ciencia moderna
sobre los modos de pensar medievales y otros "la falsa, e incluso necia,
afirmación aristotélica... de que la velocidad de caída de un cuerpo es proporcional
a su peso e inversamente proporcional a la densidad del medio". La frase
ofrece un bello ejemplo del típico pensamiento ilustrado que cree que su propia
forma de conocimiento es la única posible y que los miembros de otras culturas,
que llegan a resultados distintos, han de ser simplemente gente estúpida u obcecada.
El caso es que Aristóteles no estaba tan equivocado, mientras se trate de observaciones
cotidianas. Dicho de otra manera: Galileo, de haber procedido tal como lo refiere
la leyenda de la torre inclinada, habría llegado a un resultado parecido. El resultado
enteramente distinto de Galileo, formulado como ley de la caída, se debe a un
método muy distinto que consiste precisamente, entre otras cosas, en hacer abstracción
de la "densidad del medio". Su comprobación experimental presupone que
se puedan crear unas condiciones experimentales que permitan tratar la densidad
como factor negligible.
Como
es sabido, los experimentos pueden fracasar. En una carta a Carcaville de 1637,
Galileo subraya que eso no quita valor a las reflexiones teóricas: "Si la
experiencia demuestra que las propiedades que hemos deducido hallan confirmación
en la caída libre de los cuerpos naturales, podremos afirmar sin riesgo de equivocarnos
que el movimiento de caída concreto es idéntico a aquel que hemos definido y presupuesto;
de no ser así, nuestras demostraciones no pierden, sin embargo, nada de su fuerza
y consistencia, dado que habían de valer únicamente bajo el presupuesto que hemos
establecido"15 . En la terminología moderna del siglo veinte, habiéndose
convertido la matemática en disciplina autónoma, eso significa que la corrección
de las demostraciones matemáticas no depende de ninguna comprobación empírica:
principio que hoy en día se considera evidente; hacía falta, sin embargo, que
a alguien se le ocurriese aproximarse de esta manera al conocimiento de la naturaleza.
De
hecho, pueden tener sentido unas representaciones abstractas incluso de unos movimientos
enteramente irreales que no se observan en parte alguna; de eso justamente vive
la física (y con ella, todas las ciencias matemáticas de la naturaleza) por lo
menos desde Isaac Newton (1642-1727) en adelante.
En
sus Principia de 1687, Newton consiguió una fundamentación matemático-deductiva
y unificadora de los movimientos celestes y la física sublunar. Para ello hubo
de extraer del concepto galileano de movimiento (que no es concepto empírico sino
matemático) la consecuencia extrema, la de "explicar lo real por lo imposible"16
. Lo ilustraremos examinando algunos de sus axiomas: "Todos los cuerpos perseveran
en su estado de reposo o de movimiento uniforme en línea recta, salvo que se vean
forzados a cambiar ese estado por fuerzas impresas"17 . Se trata, por así
decir, de una ley natural en subjuntivo: jamás se ha observado semejante movimiento
uniforme en línea recta, y Newton sabe que no puede haber tal movimiento, ya que
conforme a su propia ley de gravitación no hay espacio en que no actue fuerza
alguna. Lo cual no le impide, sin embargo, colocar al principio de sus Principia
una ley que no es susceptible de ninguna comprobación empírica inmediata:
"El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa, y se
hace en la dirección de la línea recta en la que se imprime esa fuerza"18
. De nuevo toda experiencia empírica inmediata milita contra Newton y, una vez
más, a favor de Aristóteles, quien afirmaba que una fuerza es necesaria para mantener
un movimiento, mientras que el cambio (disminución de velocidad) se produce por
sí solo.
También
el concepto de fuerza, central para la teoría de Newton, es de índole no empírica:
las fuerzas no se dejan observar ni medir directamente; lo que se puede medir
son solamente los efectos que les atribuye la teoría.
Como
gente moderna que somos, estamos habituados a ver el mundo a la luz de las concepciones
y los principios fundamentales de la ciencia moderna, hasta tal punto que creemos
haberlos extraído de la experiencia y la observación. "No nos damos cuenta
de la audacia de la aserción de Galileo de que 'el libro de la naturaleza está
escrito en caracteres geométricos', como tampoco somos conscientes del carácter
paradójico de su decisión de tratar la mecánica como una rama de las matemáticas,
es decir, de sustituir el mundo real de la experiencia cotidiana por un mundo
geométrico hipostasiado"19 ; la audacia de deducir unas proposiciones acerca
de la naturaleza, en contra de toda plausibilidad empírica, de conceptos matemáticos
tales como tiempo, espacio y movimiento. La concepción de la naturaleza que de
ello deriva, y que tan evidente nos parece a nosotros, en la Antigüedad griega
o en la Edad Media habría sido juzgada errónea y aun absurda 20 .
La
revolución de los modos de pensar
Sobre
todo la descripción precisa que Galileo nos ofrece de su procedimiento hace posible
determinar sistemáticamente el método que se formó durante el lapso de tiempo
que separa a Copérnico de Newton, y que sigue siendo fundamental para las ciencias
matemáticas de la naturaleza. Un examen crítico revela que dicho método se funda
sobre una serie de suposiciones fundamentales que se apoyan mutuamente, pero que
a su vez no son susceptibles de fundamentación empírica alguna, sino que, por
el contrario, preceden a todo conocimiento científico.
Las
ciencias matemáticas de la naturaleza se fundan sobre el supuesto de que hay unas
leyes de la naturaleza universalmente válidas, es decir, independientes de lugar
y tiempo. Ese supuesto no se puede demostrar por simple observación; la realidad
parece más bien desordenada e irregular. La ciencia aristotélica sostenía que
las esferas celestes obedecen a unas leyes enteramente distintas de las del mundo
sublunar, en tanto que hablaba de "leyes" en nuestro sentido, pues la
idea de unas leyes universales de la naturaleza presupone un concepto objetivo
de un tiempo lineal y divisible a discreción, así como un concepto de espacio
homogéneo (y no, por ejemplo, dividido en esferas).
La
siguiente suposición afirma que las leyes de la naturaleza se pueden describir
en términos matemáticos, supuesto que subyace al concepto de medición, central
para las ciencias de la naturaleza; pues de lo contrario, la idea de buscar las
leyes de la naturaleza por vía de la medición carecería de sentido.
La
desordenada y variopinta realidad no se puede medir; por tanto, se procede de
otro modo, como evidencian, por ejemplo, todos los escritos de Galileo y de Newton.
En el principio está un experimento mental, o sea la formulación de unas condiciones
ideales (qué pasaría si...), de las cuales se pueden deducir ciertas conclusiones
mediante procedimientos matemáticos. Tanto las condiciones ideales como las conclusiones
matemáticas entran luego en la comprobación experimental, aquéllas como condiciones-marco
que se han de observar con exactitud, éstas como indicación de qué es lo que hay
que medir.
Solamente
sobre la base de tales consideraciones puede tener lugar el experimento. Un buen
experimentador debe ser capaz de inventar unos dispositivos experimentales que
se aproximen lo más que puedan a la condiciones ideales postuladas y a la vez
posibiliten las mediciones deseadas, sin que el proceso de medición (la intervención
física del experimentador) estorbe el desarrollo ideal; lo cual constituye, como
se sabe, toda una ciencia aparte que, sobre todo en la física del siglo veinte,
requiere un inmenso aparato técnico. Criterio del éxito de un experimento se considera
la repetibilidad: cada vez que se creen idénticas condiciones, debe producirse
el mismo efecto, y las mediciones deben arrojar idéntico resultado.
No
se considera argumento en contra el hecho de que los experimentos reales al repetirse
no conduzcan nunca a resultados exactamente idénticos, ni siquiera dentro del
marco de precisión que se atribuye a las mediciones; pues el método experimental
se funda en el supuesto de que los fenómenos a observar se componen, por un lado,
de leyes de la naturaleza, formulables en términos matemáticos, y, por otro, de
las llamadas interferencias, que son, por así decir, las leyes de la naturaleza
que no controlamos todavía. Un experimento es una acción, una intervención activa
en la naturaleza, encaminada a crear artificialmente unas situaciones en las que
las interferencias hayan quedado eliminadas 21 .
El
acontecer natural parece de por sí más bien desordenado; visto a través de los
anteojos del método científico-matemático, se presenta como efecto de un conjunto
de leyes de la naturaleza. Para conocer una sola de esas leyes, es preciso eliminar
las otras, es decir, asegurar que sus efectos se mantengan constantes. En este
procedimiento analítico, en la descomposición del acontecer en factores aislados,
reside el vínculo entre las ciencias de la naturaleza y la técnica: a medida que
se logre aislar los factores individuales, resulta posible recomponerlos a discreción
y sintetizarlos en sistemas técnicos.
Immanuel
Kant, que había dedicado diez años de su vida a la actividad científica, resume
el método científico-matemático en el prólogo a la segunda edición de la Crítica
de la razón pura (1787) como sigue: "La razón debe abordar la naturaleza
llevando en una mano los principios según los cuales sólo pueden considerarse
como leyes los fenómenos concordantes, y en la otra, el experimento que ella haya
proyectado a la luz de tales principios. Aunque debe hacerlo para ser instruida
por la naturaleza, no lo hará en calidad de discípulo que escucha todo lo que
el maestro quiere, sino como juez designado que obliga a los testigos a responder
a las preguntas que él les formula. De modo que incluso la física debe tan provechosa
revolución de su modo de pensar a una idea, la de buscar (no fingir) en la naturaleza
lo que la misma razón pone en ella, lo que debe aprender de ella, de lo cual no
sabría nada por sí sola. Unicamente de esta forma ha alcanzado la ciencia natural
el camino seguro de la ciencia, después de tantos siglos de no haber sido más
que un mero andar a tientas"22 .
El
pasaje evidencia, por un lado, el papel importante que Kant atribuye a los "principios
de la razón" que no se pueden deducir del conocimiento empírico (el a
priori kantiano). Así resuelve el problema por el cual Hume se hizo escéptico
y que todavía trae de cabeza a los empiristas modernos: el problema de saber cómo
es posible un conocimiento objetivo.
Por
el otro lado, en el lenguaje de Kant se transparenta el pensamiento de la Ilustración,
que considera la "razón" una propiedad o capacidad universal del género
humano y, sin embargo, la reclama exclusivamente para sí mismo, negándola a las
culturas ajenas o anteriores. Prescindiendo de ese prejuicio, cabe constatar que
el método científico-matemático tuvo que imponerse, efectivamente, frente al pensamiento
medieval, de modo que la fórmula de la "revolución de los modos de pensar"
resulta acertada; sólo que esa revolución abrió camino a una razón que es específica
de la época burguesa, frente a la razón de la Edad Media, que era muy distinta:
mas no por ello fue sinrazón absoluta 23 .
El
concepto de "conocimiento objetivo" adquiere así un significado distinto
del habitual en nuestro uso lingüístico, que es el de un conocimiento ahistórico,
independiente de las formas de sociedad y válido en igual medida para todos los
seres humanos. Sería imposible convencer de la verdad del conocimiento científico
de la naturaleza a un miembro de una cultura distinta o anterior que no reconociera
los supuestos fundamentales del método matemático-científico, es decir, los principios
de la razón burguesa. La única parte de la ciencia que se le podría demostrar
con plausibilidad es el experimento: cuando realizo el acto A, definido hasta
el menor detalle (lo cual habrá de parecerle entre ritual y grotesco), se produce
regularmente el efecto B. Pero de eso no se sigue nada más, mientras mi interlocutor
no comparta mi supuesto fundamental de que en el experimento se expresan unas
leyes universales de la naturaleza, creyendo, por el contrario, que el acontecer
natural es arbitrario y sin regla.
Los
éxitos palpables del método matemático-científico son innegables. Son visibles,
por ejemplo, en forma de sistemas técnicos, es decir, de unos sistemas en los
que se crean artificialmente unas condiciones análogas a las que caracterizan
a los experimentos, eliminando dentro de lo posible las interferencias. Pero del
éxito de ciertas acciones no se sigue forzosamente la "verdad" de las
creencias subyacentes (y menos aún una verdad que esté por encima de cualquier
forma de sociedad). Éxito tiene también, por ejemplo, el arte chino de la acupuntura,
como han comprobado muchos a quienes la medicina occidental no sabía ayudar. Pero
inferir de ello que han de ser verdaderas las creencias en que tal arte se apoya,
entraría cuando menos en contradicción con los conocimientos científicos acerca
del cuerpo humano.
Menos
aún puede servir de argumento a favor de la superioridad de esta forma de pensar
frente a otras, como a veces se pretende, el hecho de que el pensamiento científico
haya logrado imponerse a escala mundial, junto a la sociedad de la mercancía.
Bien se conocen, en fin de cuentas, los métodos a los que se debía el ascenso
del sistema mercantil originario de Europa: el exterminio y la colonización de
otros pueblos 24 , así como el aprovechamiento -impuesto por la lógica de la mercancía
y, por ende, despiadado- de ventajas comerciales y adelantos relativos de la modernización.
Frente a esos hechos, resulta poco convincente el argumento de que el modo de
pensar europeo logró "convertir" a los miembros de otras culturas porque
les ofrecía unos conocimientos más profundos. Así como el pensamiento científico
fue reprimido, al inicio, por el poder de la Iglesia que forzó la retractación
de Galileo, así acabó imponiéndose luego gracias al poder de la sociedad de la
mercancía.
El
conocimiento objetivo y el sujeto burgués
Siendo
tan obvio el vínculo externo entre la sociedad burguesa y la ciencia matemática
de la naturaleza 25 , cabe preguntar cuál es el vínculo interno o causal. Un enfoque
crudamente "materialista" que pretende reducir todos los fenómenos sociales
a la evolución económica (con lo cual presupone desde siempre la economía como
esfera separada) fracasa necesariamente ante esa pregunta, aunque sea sólo porque
las ciencias naturales no empiezan a desempeñar un papel como fuerzas productivas
hasta la época del capitalismo industrial, unos tres siglos después de su aparición.
Y aunque hubiesen existido ya en los inicios de la modernidad unos problemas económicamente
relevantes a cuya solución la ciencia hubiese podido aportar algo, eso no explicaría
el cambio radical de método en la transición de la ciencia medieval a la moderna.
Alfred
Sohn-Rethel ha desarrollado, con su tesis de una "identidad secreta de forma-mercancía
y forma de pensamiento"26 , un ambicioso programa que relaciona el surgimiento
del pensamiento abstracto occidental con la primera acuñación de monedas y con
el intercambio mercantil. A eso hay que objetar, primero, que el intercambio simple
de mercancías, que Marx analiza como preliminar lógico de la sociedad capitalista
desarrollada, jamás ha existido como formación social históricamente independiente
(como parece suponer Sohn-Rethel), y, segundo, que los antecedentes del capital
industrial, hasta el capital mercantil y usurero, se han dado también en otras
sociedades (en China o en la India), sin que por ello el pensamiento tomara el
mismo rumbo que en Occidente y, por lo demás, sin que surgiera una dinámica capitalista
independiente 27 .
No
quiero continuar aquí esa discusión, pues lo que me interesa no es el pensamiento
abstracto occidental en general, sino únicamente la forma particular que asume
en el conocimiento objetivo de las ciencias matemáticas de la naturaleza. Además
no aspiro a una explicación causal de la evolución histórica, para la cual me
faltan los medios, sino que me limitaré a las relaciones estructurales entre el
método científico-matemático, descrito a modo de "tipo ideal", y la
lógica de la sociedad de la mercancía en su forma desarrollada y actual. Aligerado
de este modo, el programa de Sohn-Rethel me parece viable, aunque en lo siguiente
sólo pueda ofrecer algunos apuntes.
El
eslabón que enlaza la sociedad de la mercancía con la forma objetiva de conocimiento
es el sujeto burgués, eso es, la constitución específica de la conciencia que,
por un lado, se requiere para subsistir en la sociedad de la mercancía y del dinero,
y que, por otro lado, debe tener el sujeto para ser capaz de un conocimiento objetivo.
La
forma-mercancía, o sea la determinación social de las cosas como mercancías, en
la moderna sociedad burguesa se ha convertido en forma universal debido a que
el capitalismo ha hecho de la fuerza de trabajo una mercancía de la cual sus portadores
disponen libremente: eso es, libres de dependencias personales, libres de toda
coacción, menos la que los obliga a ganar dinero. Pero esa coacción impersonal
es universal, de modo que el dinero se ha convertido en la sola finalidad de todo
trabajo y la venta de la propia fuerza de trabajo en forma predominante de reproducción.
En la sociedad mercantil, la satisfacción de cualquier necesidad concreta depende
del dinero. La necesidad de disponer del máximo posible de dinero se convierte
así en el primer "interés propio", igual para todos los miembros de
la sociedad, aunque lo tengan que perseguir compitiendo unos con otros como mónadas
económicas. Los sujetos del intercambio mercantil, libres e iguales en tal sentido
abstracto, se imaginan a sí mismos como individuos autónomos que se ganan honradamente
el sustento con su trabajo.
La
aparente autonomía del individuo corresponde a la aparente naturalidad del proceso
económico, que se presenta a las mónadas económicas como un proceso regido por
leyes, descriptible únicamente con los conceptos de la teoría de sistemas que
se han tomado en préstamo de las ciencias de la naturaleza. En los dos sentidos,
el sujeto burgués es inconsciente de su propia condición social: sin más obligación
que la de asegurarse la subsistencia (con la cual, sin embargo, no puede cumplir
en cuanto tal individuo), alimenta con su trabajo abstracto a la megamáquina de
la valorización del capital, de cuyo funcionamiento, por otra parte, no asume
responsabilidad alguna, ya que lo experimenta como regido por leyes naturales
inasequibles a su propio actuar.
El
nexo entre la posibilidad de un conocimiento objetivo y la conciencia de la propia
identidad fue subrayado ya por Hume y Kant, con las diferencias que les son peculiares.
Para el empirista y escéptico Hume es ilusión metafísica no sólo la representación
de un objeto idéntico sino también la conciencia de la identidad personal, puesto
que no puede derivarse de la experiencia. La argumentación de Kant es complementaria:
ya que el conocimiento objetivo es un hecho y, por tanto, posible, mientras que
sus condiciones de posibilidad no se pueden deducir de la experiencia, como ha
demostrado Hume, esas condiciones deben estar dadas a priori, previamente a toda
experiencia. El conocimiento objetivo presupone un sujeto que sea capaz de constituir
los objetos de la experiencia como objetos idénticos, lo cual presupone a su vez
la conciencia de un Yo idéntico a sí mismo 28 .
La
conciencia de la identidad no se puede deducir de la experiencia; es previa a
todo conocimiento empírico. Pero tampoco es algo innato al ser humano en cuanto
tal, sino que se ha constituido socialmente. Para precisar lo que es la constitución
de un sujeto capaz de conocimiento objetivo, conviene examinar las exigencias
que impone la aplicación del método científico-matemático. Analizando los preceptos
corrientes, formulados en modo imperativo, que los manuales de física experimental
ofrecen para la realización de experimentos (eliminación del "factor subjetivo",
conservando a la vez la condición de observador), Greiff ha mostrado que éstos
se refieren a un sujeto cuya inteligencia no depende de sus sentimientos: sólo
éstos son lo que hay que eliminar. La intervención en la naturaleza que supone
el experimento es, ante todo, una intervención del experimentador sobre sí mismo:
la eliminación de su corporeidad y sus sentimientos. Así se produce la ilusión
de que el sujeto no tuviera nada que ver con el proceso de conocimiento: "Pues
aparentemente el sujeto, una vez eliminado, no vuelve a intervenir en el acto
cognitivo; parece ser algo molesto, o cuando menos superfluo, para la objetividad
del conocimiento. El hecho de que el observador, en el acto cognitivo, haya de
concebirse a sí mismo como un factor de interferencia y distorsión que debe ser
eliminado, produce la convicción de que la verdad reside en la naturaleza y no
en el conocimiento de la naturaleza; la convicción de que la regularidad obedece
a causas naturales y lo que se aparta de ella a causas humanas. Produce la ilusión
de unas leyes que son propiedad de la naturaleza misma y que se manifestarían
en todo su esplendor si no hubiese sujeto alguno. Pero se trata de una mera ilusión;
pues también la eliminación del sujeto constituye un acto subjetivo, una operación
que el sujeto mismo debe realizar... (La conformidad a leyes) es algo que el científico
mismo produce al obedecer unas reglas determinadas y explícitas. Si se omitiesen
los actos prescritos, no se llegaría a conocer la naturaleza en cuanto sometida
a leyes; es decir, en lugar de unos conocimientos objetivos y conformes a leyes
sólo habría percepciones que varían de un observador a otro"29 .
Toda
medición es una relación recíproca, mediada por el método matemático-científico,
entre el sujeto que conoce y la naturaleza de la que hace su objeto; por tanto,
no puede referirse nunca a la "naturaleza en sí" sino únicamente a esta
forma específica de interacción 30 . La relación sujeto-objeto producida por el
experimento y expresada en forma de ley no puede reducirse simplemente a uno de
sus dos polos: tampoco al del sujeto, como acaso pueda sugerir un culturalismo
estricto. Las leyes de la naturaleza no son ni productos del discurso que se puedan
fabricar a discreción, prescindiendo del lado objetivo, ni tampoco meras propiedades
de la naturaleza que nada tuvieran que ver con los sujetos cognoscentes.
La
ilusión que hace aparecer la regularidad producida por el experimento como si
fuese una propiedad de la naturaleza, es la misma ilusión por la cual el ciego
proceso social de la sociedad mercantil se les presenta a los hombres como un
proceso regido por leyes, exterior a ellos mismos, cuando de hecho son ellos quienes
lo constituyen a través de su actuación como sujetos burgueses.
El
sujeto en cuanto "actor consciente que no es consciente de su propia forma"31
se concibe a sí mismo como separado de la naturaleza y de los demás sujetos, a
los que experimenta como mero "mundo externo"; con lo cual se presupone
inconscientemente el marco social total, específico de la sociedad burguesa, el
único que produce semejante forma de conciencia 32 . El nexo sistémico de la forma-mercancía,
objetivizado de ese modo, constituye también la igualdad de los sujetos que la
forma objetiva de conocimiento presupone: la igualdad en cuanto mónadas mercantiles
y dinerarias, ciudadanos adultos y responsables, dotados de iguales derechos y
sometidos a idénticas reglas y leyes.
Pero
esa igualdad ha de producirse previamente mediante una acción del sujeto sobre
sí mismo: acción que adiestra al cuerpo y al espíritu, objetiviza las propias
capacidades y los estados anímicos, escinde las peculiaridades individuales. Tal
es, por lo demás, el plan de estudios, no del todo secreto, del concepto humboldtiano
de la "formación por la ciencia", adoptado por las universidades alemanas,
con aprovechamiento práctico de la "identidad secreta de forma-mercancía
y forma de pensamiento" mucho antes de que Sohn-Rethel le diera formulación
teórica. Incluso Schopenhauer, que odiaba las matemáticas, tuvo que reconocerles
un saludable efecto de autodisciplinamiento.
Ahora
bien, poco hay que objetar a la autodisciplina y al pensamiento ordenado en sí
mismos. La disolución de todo pensamiento en el "sentir" no quebranta
la forma-mercancía (pues es ella la que produce la separación entre "cuerpo"
y "espíritu", entre "sentir" y "pensar"); ni siquiera
es revuelta sino más bien entrega al proceso objetivizado, mera compensación carnavalesca
de la chatura cotidiana. Lo que hay que criticar es la inconsciencia con que se
inculca la disciplina del pensamiento objetivo, observable en cualquier clase
de matemáticas en la que se les sirve a los estudiantes de primer curso la matemática
en su forma actual, sin decir palabra sobre su génesis histórica ni vinculación
social. Ahí está el adiestramiento, la producción de la conciencia inconsciente
de su forma: en aprender reglas formales y cálculos sin el menor contexto de sentido,
hasta que desarrollen en la mente su propia lógica y no se plantee ya la pregunta
por el sentido.
La
escisión de las peculiaridades individuales a la que debe someterse el sujeto
cognoscente a fin de no malograr el experimento, es la misma escisión a la que
somete, en la abstracción matemática del experimento mental, a los objetos de
su contemplación: haciendo abstracción de sus cualidades, y aun de toda cosa concreta.
Recuérdese la definición galileana del movimiento uniformemente acelerado o el
célebre "punto de masa" de la mecánica newtoniana.
Criterio
esencial de la deducción matemática es que se mantenga apartada de ella a la realidad
concreta. La historia de las matemáticas desde Galileo en adelante se caracteriza
por un aislamiento creciente frente a esa parte escindida del humano pensamiento,
que una y otra vez se cuela por alguna puerta trasera, amenazando con "enturbiar"
el pensamiento matemático. Si hasta el siglo XIX el concepto que las matemáticas
tenían de sí mismas permanecía marcado por su papel de lenguaje en que está escrito,
a decir de Galileo, el libro de la naturaleza, manteniendo así cierto vínculo
con lo concreto, en 1900 la matemática se constituyó, con el programa formalista
de David Hilbert, en ciencia por derecho propio, consistente en la aplicación
de unas reglas fijadas para la transformación de cadenas de signos, a las que
no se atribuía ya ninguna significación de contenido. No será casual que tal evolución
se produce en el mismo periodo en que la forma-mercancía acaba de imponerse universalmente
como principio de socialización y las relaciones de dominación y dependencia personales,
heredadas del feudalismo, han quedado suplantadas en gran parte por reglas formales
que rigen para todos por igual y no sirven ya a ninguna finalidad individual.
En
el siglo veinte, la matemática como núcleo abstracto de las ciencias (matemáticas)
de la naturaleza se erige en "disciplina regia" (Hilbert) de la que
ninguna otra ciencia desea ya prescindir. De esa evolución forma parte también
el fin de los modelos de la física clásica, ciertamente abstractos pero extraídos
de la experiencia, que en la física de partículas elementales, por ejemplo, se
sustituyen por modelos puramente matemáticos, desvinculados de toda analogía mecánica;
de modo que ahora se puede leer en las revistas de divulgación que el espacio
"en realidad" es curvo y tiene once dimensiones: lo cual, sin embargo,
constituye ya una visualización que es, en rigor, ilícita.
*
* *
Cuestión
que apunta más lejos es la del papel y la forma que las ciencias naturales, como
actividad o institución, deben y pueden tener en una sociedad poscapitalista.
En la medida en que las ciencias naturales amplían las posibilidades de acción
humanas, constituyen una herramienta útil a la que no se debería renunciar. Pero
la "ciencia natural como religión de nuestro tiempo" (Pietschmann),
que eleva a propiedad de la naturaleza misma la regularidad producida por la forma
de conocimiento objetiva y erige en cosmovisión a la naturaleza regida por leyes,
determinando lo que vemos y lo que dejamos de ver, esta ciencia no sobrevivirá
a nuestra época moderna. La imagen de la "naturaleza" ha sido siempre
imagen socialmente constituida; y no se ve por qué una sociedad liberada de toda
forma universal-abstracta e inconsciente haya de necesitar todavía una imagen
unitaria de la naturaleza, obligatoria para todos por igual y en todo momento
33 .
Una
determinación positiva de un modo de vivir, pensar y conocer más allá de la forma-mercancía
no es cosa que se le pueda pedir a un científico y sujeto burgués como es el autor
de este texto. Si se abriera por lo menos un debate sobre ello, ya se habría logrado
mucho. Pues, en fin, ¿por qué la "revolución de los modos de pensar"
constatada por Kant, que fundó la ciencia moderna, habría de ser la última revolución
de esa índole?
1
Kant, Fundamentos metafísicos de la ciencia de la naturaleza (1786), Prólogo.
2
Karl R. Popper, Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista, Tecnos,
Madrid, 1988, pp. 73s.
3
Alfred Sohn-Rethel, Geistige und körperliche Arbeit, Frankfurt, 1970 (trad.
cast.: Trabajo manual y trabajo intelectual, Andes, Bogotá, 1980); Das
Geld, die bare Münze des Apriori, Berlín, 1990.
4
Bodo von Greiff, Gesellschaftsform und Erkenntnisform. Zum Zusammenhang von
wissenschaftlicher Erfahrung und gesellschaftlicher Entwicklung, Frankfurt,
1976.
5
Rudolf-Wolfgang Müller, Geld und Geist. Zur Entstehungsgeschichte von Identitätsbewusstsein
und Rationalität seit der Antike, Frankfurt, 1977.
6
David Hume, An Enquiry Concerning Human Understanding, 1748.
7
Hume, ibid.
8
Por consiguiente, aquí no se aboga por el "anarquismo gnoseológico"
del "anything goes" de Feyerabend (véase Paul K. Feyerabend, Tratado
contra el método. Esquema de una teoría anarquista del conocimiento, Tecnos,
Barcelona, 1986). Feyerabend, perteneciendo él mismo a la tradición empirista,
demuestra que la ciencia moderna no se ajusta a los criterios del empirismo; pero
de eso no se sigue que los métodos se hayan de elegir arbitrariamente, sino más
bien que los criterios en cuestión son erróneos.
9
Ernst Cassirer, Das Erkenntnisproblem in der Philosophie und Wissenschaft der
neueren Zeit, vol. 1, 1910, p. 330. (Hay trad. cast.: El problema del conocimiento
en la filosofía y en la ciencia modernas, Fondo de Cultura Económica, México,
1957 y numerosas reimpresiones).
10
Peter Mulser,"Über Voraussetzungen einer quantitativen Naturbeschreibung",
en Valentin Braitenberg/Inga Hosp (eds.), Die Natur ist unser Modell von ihr,
Reinbek, 1996, p. 157.
11
Véase Alexandre Koyré, Estudios de historia del pensamiento científico,
Siglo XXI, Madrid, 1990, pp. 196-205.
12
Galileo Galilei, Discorsi e dimostrazioni matematiche intorno a due nuove scienze...(1638),
trad. cast.: Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias,
trad. de J. Sádaba Garay, Editora Nacional, Madrid, 1981,p. 288.
13
Galilei, op. cit., Jornada tercera, Teorema II, Proposición II; trad. cit., p.
294.
14
La realización efectiva de experimentos tropezaba en los tiempos de Galileo con
enormes dificultades, ya que las condiciones técnicas eran miserables en comparación,
por ejemplo, con las que hoy en día ofrece el aula de física de cualquier instituto
de bachillerato. Los experimentos llevados a cabo por Galileo para determinar
la aceleración constante de la caída libre carecen de todo valor; Galileo mismo
evita, por tanto, hasta donde pueda, indicar valores numéricos concretos, y cuando
lo hace yerra de cabo a rabo: sus valores equivalen más o menos a la mitad de
los hoy reconocidos. Ese hecho demuestra una vez más que el reemplazo de la física
cualitativa de Aristóteles por la física cuantitativa de Galileo, que trabaja
con precisión y rigor matemáticos, no fue debido a la experiencia (véase Koyré,
op. cit., pp. 274-305). Así se entiende que Galileo se sirviera a veces del truco
de presentar experimentos meramente imaginados como si los hubiese realizado efectivamente
(Koyré, ib., p. 202).
15
Cit. seg. Cassirer, op. cit., p. 386.
16
Koyré, op. cit., p. 183.
17
Isaac Newton, Principios matemáticos de la filosofía natural, trad. cast.
de A. Escohotado, Altaya, Barcelona, 1997, p. 41.
18
Newton, ib.
19
Koyré, op. cit., p. 183.
20
Véase Koyré, ib., pp. 180-195.
21
La omnipresencia de las interferencias, afirmada por las propias ciencias de la
naturaleza, hace más que cuestionable la teoría del empirismo moderno según la
cual se trataría de "la falsación de las hipótesis científicas mediante experimentos"
(Popper). La ley de la caída, por ejemplo, no se puede falsar. Un experimento
cuyas mediciones entraran en contradicción con dicha ley o bien no sería tomado
en serio, o bien incitaría a la búsqueda de interferencias desconocidas.
22
Kant, Crítica de la razón pura, Prólogo a la segunda edición (1787), B
XIIIs., trad. cast. (ligeramente modificada) de P. Ribas, Alfaguara, Madrid, 1997,
p. 18.
23
Todo depende de los criterios que se empleen: así, por ejemplo, la "tenebrosa"
Edad Media no conocía excesos de violencia como los de la época burguesa; los
que se le suelen atribuir (pogroms, persecuciones de brujas) tuvieron lugar en
los inicios de la Edad Moderna. Karl-Georg Zinn, Kanonen und Pest. Über die
Ursprünge der Neuzeit im 14. und 15. Jahrhundert, Opladen, 1989, demuestra
que la alimentación de la gran mayoría de la población fue empeorando constantemente
entre 1450 y 1850 y que sólo desde entonces ha venido mejorando de nuevo, aunque
sea sólo en los paises industrializados, gracias a la producción industrial de
alimentos, y con las consabidas deficiencias que conlleva. Si se adopta como criterio
la distancia entre la realidad social y las posibilidades que abre el estado correspondiente
de las fuerzas productivas, la sociedad moderna resulta ser la más irracional
de cuantas han existido.
24
Incluso la superioridad de la técnica armamentística europea en los inicios de
la Edad Moderna no se debía a los adelantos del desarrollo técnico sino al impulso,
que venía imponiéndose a la sociedad entera, de emplear los conocimientos técnicos
existentes, así como ingentes recursos económicos, preferentemente en el desarrollo
y la producción de armas de fuego. El "complejo industrial-militar",
por lo visto característico de la sociedad burguesa, se remonta a aquellos tiempos
(véase Zinn, op. cit.).
25
La ciencia moderna surgió en los centros de la burguesía urbana, cuyo traslado
desde el Norte de Italia y Alemania a Inglaterra y los Paises Bajos provocó un
traslado ligeramente posterior de los centros de investigación científica. Wolfgang
Lefevre, Naturtheorie und Produktionsweise, Darmstadt, 1978, sostiene que
las ciencias naturales fueron inicialmente ante todo un instrumento ideológico
de la burguesía en la lucha contra los privilegios nobiliarios: si la naturaleza
obedece a leyes universales, entonces el orden "natural" de la sociedad
es aquel cuyos miembros hacen lo propio.
26
Sohn-Rethel, op. cit.
27
Zinn, op. cit., sostiene que la sociedad burguesa surgió por una especie de "accidente
histórico", debido a la peste del siglo XIV y la destrucción de las estructuras
feudales que trajo consigo, unidas a la introducción contemporánea de las armas
de fuego, cuya producción en masa reforzaba la formación de los poderes centrales
del Estado y la economía monetaria (sustitución del tributo en especie por impuestos):
lo cual explicaría por lo menos por qué sólo en Europa las formas embrionarias
de la sociedad mercantil lograron quebrantar las estructuras feudales.
28
Kant, Crítica de la razón pura, B 132/134.
29
Greiff, op. cit., p. 93.
30
El hecho es familiar a la física cuántica, cuyas observaciones no pueden llevarse
a cabo sin influir gravemente en el curso "natural" de las cosas; aunque
por lo general se lo suele encubrir mediante la suposición enteramente infundada
de que detrás de la regularidad producida por la interacción de sujeto y microestructura
se esconden las leyes "verdaderas" de la naturaleza, independientes
del sujeto.
31
Robert Kurz, "Subjektlose
Herrschaft", Krisis n. 13 (1993), p. 68.
32
Véase Kurz, ib., p. 69.
33
Repito, porque ya he tropezado con semejante malentendido, que no se trata aquí
del "anything goes" en el sentido de Feyerabend, sino de atribuir a
un método la significación que le corresponde; lo cual obviamente no equivale
a colocarlo en el mismo nivel que un hechizo de vudú.